Incomparable la excitación, el nervio, las ansias y ese increíble cúmulo de energía que se desprenden el momento previo. No necesitaba estar físicamente en el escenario porque sabía bien, todo lo que en ese lugar pasara era para ella. Entre biombos y telones negros; bajo estructuras de metal llenas de luces, bocinas, amplificadores y monitores; sobre un piso balanceante repleto de marcas y cables; entre cientos de personas que corren de un lugar a otro con tareas imprescindibles, ingenieros, técnicos, asistentes, promotores y colados; al rugir de la multitud expectante, impaciente, completamente ilusionada, ella aguarda desde su rincón. Ha estado en todo el camino previo, fue musa en la composición, combustible durante la producción, y ahora más que nunca es consciente que ella es la razón. En breves instantes él subirá al escenario a convertir la energía y el deseo por ella en música. Hará gritar a su guitarra, con sus notas destruirá y reconstruirá al mundo, por ella. Se entregará a la multitud esperanzado en que su sacrificio ritual valga para ella. Ama su música y dotarla con su alma porque esa es la única manera que conoce para intentar llegar hasta ella. Sus vidas adquieren sentido en tanto sus caminos los conducen al coctail de desenfreno que premia cada concierto. Al final, siempre detrás del escenario la bacanal que encuadra su frenesí que les permite explotar el deseo y afirmar ser quienes son. El mundo sin música no tiene sentido pero la música sin deseo tampoco. Venga pues la clave de la felicidad: Sexo, drogas y rock & roll, ¡Yeahhh!