Ilusiones, magias, hechizos, embrujos, trucos y demás mañas que he cultivado en mis años no fueron suficientes. Con un simple pase de la mano puedo esconder un elefante en un sombrero; de tus orejas puedo aparecer estrellas; o con un movimiento de mi varita oscurecer al mundo; y de que me ha servido cuando en el artificio de ocultar fui traicionado y mi secreto relevado. Peor aún, el traidor fue perverso, imperdonable, fue mi corazón. No pude esconderlo, callarlo, resguardarlo de tu brillo y necio por alcanzarte ha confesado. El desgraciado grito con tal fuerza tu nombre anudado a nuestro secreto, imposible no hayas odio. No estábamos listos. Acostumbrados estábamos a observarte y suspirar ocultando todo signo visible. Maestros del desvió de miradas nos habíamos convertido. Cazadores expertos de mariposas estomacales y jardineros de epidérmicas emociones ya éramos. Maquillábamos rubores, disfrazábamos excitaciones y escondíamos en carcajadas sarcásticos la música que animas en nosotros como expertos inigualables del engaño. Temeraria perfección había conseguido nuestro arte. Regentes del ruido que oculta nos creíamos. Y en fin, un chispazo, un momento imperceptible de vulnerabilidad de ese maldito dio al traste con todo nuestro esfuerzo. No supo, no pudo contenerse y sin malicia lo ha confesado. Ahora no sé más como esconderlo, como hacerte olvidar y poder continuar con la artimaña que evade volver a decirte que te amo.